Novela

Un paseo por la historia contemporánea del Uruguay y del mundo revelado a través de los protagonistas y de su pasado. ¿Qué actores inciden en los vínculos del poder y del romance? Erotismo, mafias, romance, LA SAGA QUE INTERPELA A 50 SOMBRAS DE GREY.

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martes, 25 de marzo de 2014

CXXXIV


Estoy en permanente situación de alerta, presa de una ansiedad como consecuencia de una acción primitiva y refleja que me prepara para luchar y para huir del peligro.

Un frío helado me atraviesa las venas; algo se mueve en la lejanía.

Espero. 

Doy un paso. 

Espero.

Oigo un paso. 

Espero.

Doy dos pasos.

Espero.

Oigo dos pasos.

Aterrada tengo la irreversible constatación: me están siguiendo.

Apresuro mis pasos, y quien sea que viene atrás hace lo mismo. 

Jamás he sido buena escalando, pero cuando se trata de resistir uno cae en la cuenta de que es capaz de cosas jamás pensadas. Mi ascensión al Toro es magistral, el madrij habría estado orgulloso si me viera hoy…  tengo las piernas todas lastimadas por haber pisado yuyos con espinas pero no me entero de nada, prosigo y me siguen. 

Me siguen y yo me doy más prisa. 

Comienzo una carrera loca contra el tiempo, las rocas, las zarzas, la imponente naturaleza y quien viene por mí. 

No tengo tiempo de nada. Alguien me empuja y caigo. Cuando levanto la cabeza me están apuntando con una pistola. 

A esta cara “no la tengo vista”. Pelo negro y corto,  ropa negra. 

El muy crápula me da una bofetada y dice:

-¿A dónde creés que vas? ¿Qué te hizo creer que ibas a tener paz, hija de puta? 

Me resigno. Ya no tengo fuerzas de nada. De pronto, todo se va nublando…

Abro los ojos.  El corazón está a punto de paralizárseme. 

Una mujer ataviada de negro no deja de mirarme.  Sus ojos son inquisidores y tiene el rostro sombrío con una mueca de desaprobación.  Parece salida de una película de terror, tiene una palidez cadavérica y ojeras violáceas. 

Sea donde sea que estoy,  la luz natural escasea. 

Giro la cabeza. 

Un tipo alto con prominente mostacho, engominado, que tiene puesto en la mano un anillo de oro y rubí me observa con cara de pocos amigos. 

Me hallo algo atontada, sin embargo el lugar… es como si yo hubiera estado antes. 

¿Será que Nietszche tenía razón? ¿Qué todo lo que alguna vez nos sucedió definitivamente nos volverá a suceder tarde o temprano? ¿Será verdad que todas las personas que se cruzan en nuestra vida se han cruzado antes? 

Esa mujer siniestra… ese hombre oscuro y tenebroso al que la perversidad se le asoma por todos los poros de la piel… 

Esos rostros me suenan familiares… es como si ya los hubiera visto. ¿Nietszche?

Intempestivamente, el mastodonte me propicia una cachetada mientras dice:

-¿Pensás que tenés derecho a vivir, judía de mierda? 

Estoy en el corazón del averno. Nadie me va a encontrar. Ya estoy muerta. Estoy en la residencia de los Cepeda.  El fascista desgraciado, el que simpatiza con neonazis, uno de los principales miembros del Opus, uno de los principales cómplices de los crímenes de lesa humanidad perpetuados en la dictadura militar, el que ahora sabe y calla, como tantos otros,  dónde están las cenizas de los muertos, estoy en el corazón del averno. 

-¿Creés que no voy a vengar la muerte de mi hijo? 

Que lo haga ya. Cuanto antes mejor. ¿Con qué me va a matar este hijo de su madre? ¿Me va a pegar un tiro? ¿Me va a clavar un cuchillo? ¿Me va a inyectar cianuro? Sea lo que sea, que lo haga ya. Ahora. 

-Dale, hijo de puta. Matame de una vez –digo.

-¿Sos o te hacés, puta? ¿Pensás que no voy a castigarte antes? ¿Creés que te voy a matar así como así? A las putas judías primero hay que usarlas. Llevátela – le dice a la infame Astrid. 

Ella también se saca las ganas de pegarme en la cara. Me toma de la mano y me lleva a rastras. 

Siento que me va a sacar el brazo. Un dolor insoportable se apodera de mí. Mi brazo y yo estamos separados. El dolor va empeorando a cada minuto. Siento hormigas que me caminan. 

Seguramente tengo el hombro dislocado, la parte superior de mi brazo se salió de la articulación con el omóplato. 

Astrid me encierra en una de las habitaciones más oscuras de la casa. 

Resulta inútil pedir auxilio, así que me ahorro las energías. Soy un grito de dolor en su estado más puro, tengo el brazo salido. Siento como si el hueso me pinchara. 

No puedo ni  moverme, estoy postrada en el suelo. 

Aún consumida por el dolor, atisbo a observar la habitación. Llama la atención una enorme cama con un ornamento formando un techo, del que penden gruesas cortinas de color morado. 

Hay una cómoda y en la parte superior detecto varios pares de zapatos con tacones aguja, y diversas prendas de cuero negro. También se divisan instrumentos de flagelación, como látigos, paletas  y varillas de distintos diámetros. 

Más allá hay una cruz de San Andrés. También sogas de diferentes materiales y espesores. 

Y por último, detecto un chaise longe de terciopelo también morado. 

A las putas judías primero hay que usarlas” resuena en mi mente la frase del facho inmundo. Ya veo. 

 Un frío helado me atraviesa las venas; ya no puedo huir del peligro.

jueves, 6 de febrero de 2014

CXXXIII


Un frío helado me atraviesa las venas; algo se mueve en la lejanía. Sigo camuflada andando por el bosque. Estoy en permanente situación de alerta, presa de una ansiedad como consecuencia de una acción primitiva y refleja que me prepara para luchar y para huir del peligro.

Soy consciente de que han de querer matarme. “¿Acaso huir se trata de un acto de cobardía?” – me interpelo. “De valientes están llenos los panteones”.  “Huyo para cumplir con un propósito”, “huyo porque está en riesgo mi integridad física”,  “huyo para salvar mi vida” – me respondo.

¿Y cómo he de proceder para huir de una ausencia? ¿Es acaso posible huir de una ausencia? No existe la forma, una ausencia es la fuerza más magnética y cautivante, huir de una ausencia es como huir de mi sombra, de mi misma…  creo haber conocido a alguien que a pesar de su futilidad, me colmaba por completo, cómo desearía que Istvan estuviera siempre conmigo… 

Mi cabeza está hecha un lío. Siento tristeza, indignación e impotencia por partes iguales. Siento desesperación.  Si sabré yo que no es bueno depender de nadie… 

¡No debo de seguir obsesionada con Istvan! No debo pero a la vez me es imposible dejar de pensar en él, vaya paradoja.  Tengo que pensar en lo que me queda de él, si es que algo me ha dejado.  Irremediablemente, estoy poseída por él. Vaya donde vaya. La a ausencia de él me sigue a todas partes. Resulta inminente un cambio en mi vida. Ahora. Ahora mismo. No tengo nada claro. ¿Es una ausencia temporal? ¿Es una ausencia definitiva?  Me siento vacía. 

¡Cómo me gustaría sentirme libre para desplazarme por el bosque hasta que mis piernas no puedan soportar más el paso de mis hombros!

Comienza a aparecer la luz del día, va clareando por entre los arbustos. Voy reconociendo el lugar, estoy en la ladera del cerro del Toro. ¿Tan poco he avanzando? Me parecía que había caminado tanto durante la noche, me imaginaba que podría estar dirigiéndome a la sierra de las Ánimas. ¿He estado caminando en círculos concéntricos? 

Lo mejor que puedo hacer es escalar, pero no hasta la cima. Buscar un lugar de la ascensión y aguardar la próxima noche. Si tengo suerte, nadie me buscará en el cerro del Toro. 

-¡Dafna, vamos, siempre la última! – me decía el “madrij(*) cuando tocaba “escalar” el cerro del Toro. Odiaba pincharme con las tunas, odiaba evitar obstáculos, odiaba tantas cosas.

 - ¡Dafna, tu cucheta está toda desordenada, te quedás sin acampada! Aquella experiencia había dejado huella en mí. La de quedar en la lista de los que no calificaban. Lo había sentido con indignación, como un acto brutal de discriminación. 

 Definitivamente para  las actividades grupales yo era un desastre.  

-Vamos a subir hasta el final del cerro – nos había dicho el madrij durante aquel paseo a Minas. – Es largo y no hay lugares para descansar, pero no es obligatorio seguir. El que quiera se puede quedar descansando acá – prosiguió en referencia a una especie de refugio o paraje muy acogedor. Pasaron las horas. No volvía nadie. Los distintos ómnibus comenzaron a recogernos para regresar a Montevideo. Mis compañeros se habían perdido. Finalmente, me subieron a uno cualquiera hasta que se cruzó en la ruta el que me tocaba a mí. Me hicieron cambiar y me morí de vergüenza. 

En los campamentos me sucedían las cosas más extrañas. 

Pero la mayor de las vergüenzas las pasé cuando estrené un “bikini” cuya parte inferior se sostenía con arandelas de plástico. Me lo habían comprado en Buenos Aires, era turquesa con flores blancas. Yo estaba toda contenta con mi traje de baño nuevo, cuando de pronto, una de las arandelas se quebró. Rápidamente el madrij me ató el traje de baño. ¡Me habían visto desnuda! ¡Qué humillación! Los varones se habrían reído hasta morir. Esa experiencia me torturó durante bastante tiempo. Seguramente, nadie tuvo tiempo de verme. 

Tampoco me gustaba jugar a la “guerra de engrudo” en el fuerte de madera. Me daba miedo que me golpearan. 

En definitiva, yo era una cobarde. Tenía miedo de todo. 

Soy consciente de que han de querer matarme. “¿Acaso huir se trata de un acto de cobardía?” – me interpelo. “De valientes están llenos los panteones”.  “Huyo para cumplir con un propósito”, “huyo porque está en riesgo mi integridad física”,  “huyo para salvar mi vida” – me respondo.

Me cuesta pensar cómo tengo el valor de estar en esta situación de huída.  Lo mejor que puedo hacer es escalar, pero no hasta la cima. Buscar un lugar de la ascensión y aguardar la próxima noche. Si tengo suerte, nadie me buscará en el cerro del Toro. 

¿Será que Nietszche tenía razón? ¿Qué todo lo que alguna vez nos sucedió definitivamente nos volverá a suceder tarde o temprano? 

Estoy en permanente situación de alerta, presa de una ansiedad como consecuencia de una acción primitiva y refleja que me prepara para luchar y para huir del peligro.

(*) Madrij  - Madrij(masculino) / Madrija(femenino) 
Del Hebreo: Guía, guía del camino
Su plural es madrijim (masculino) y madrijot (femenino) 
En el ámbito de la Educación no formal en contextos comunitarios judíos se denomina madrij al líder del grupo, al educador no formal. El madrij es aquel que guía, orienta y acompaña a un grupo de niños, adolescentes, jóvenes o adultos. Esta cargo de las tareas educativas, recreativas y lúdicas. Ser madrij es tomar la responsabilidad de la continuidad de los valores y tradiciones judías. Los madrijim son jóvenes activistas, comprometidos e involucrados en el que hacer comunitario judío. Madrij es aquel que ocupa el rol, implica un vínculo. Hay madrijim porque hay janijim.

lunes, 27 de enero de 2014

CXXXII


Esther y Patricia están en un callejón sin salida. En una situación de “dead lock”.  

Desde que  Tania había desaparecido, Esther Trías fue parte de filas interminables ante comisarías, juzgados, días esperando bajo la helada lluvia, y en todas aquellas ocasiones siempre había recibido respuestas del tipo de: “No podemos ayudarla Señora, vaya a…” y era entonces cuando la desviaban hacia otros destinos en los cuales se le volvería a reiterar la misma oración, que ya Esther se sabía de memoria. 

Ya en democracia se constituyó el grupo “Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos”.  Esther fue parte desde el vamos y comenzó a portar el cartel con la foto en blanco y negro de Tania en las marchas que habían comenzado a realizarse. 

Las maldiciones del voto verde y  del voto rosado, este último veinte años después; no la detuvieron. 

La siniestra dictadura militar cambió para siempre la vida de Esther. Su hija Tania estaba en la clandestinidad, y estaba  embarazada del hombre que amaba, Istvan Gelb, un duro militante de acción, que se había enamorado hasta el alma de ella. 

Tania Trías tenía muy claro que sus días fuera de los centros de tortura estaban contados. Incluso le había manifestado a su madre sus intenciones de dejar al hijo que estaba esperando a su cargo: “La cosa viene muy fea y estamos en la lista negra, te voy a dejar al bebé para que lo cuides y para que lo salves”. 

Tania había caído antes de parir. Los milicos querían saber de Istvan, aquel hombre astuto, efectista, que era una piedra en el zapato para ellos. Cuando se convencieron de que Tania no les revelaría nada, luego de haberla sometido a las torturas más salvajes, decidieron abrir el campo de acción. 

Una noche, Esther sintió unos golpes amenazantes a la puerta. “Abrí la puerta vieja de mierda sino sos boleta” – gritaban los muy malnacidos. Los milicos le pusieron la casa patas para arriba. Estaban bebidos, y no tenían ningún pudor en destrozar todo lo que iban encontrando a su paso. 

Nada encontraron. Esther los oía discutir. 

-Ya va cantar esta vieja de mierda.- decía uno.

-No, esta vieja es de palo duro. Ya tenemos el hotel lleno, juá juá. A los viejos comunistas de mierda habría que matarlos. 

Esther los escuchaba. Desde que Tania había caído e Istvan desaparecido, no tenía miedo. Estaba resignada. 

-Bueno, comunista de mierda, hoy te salvás. Una vieja como vos no nos sirve para nada.

Y se marcharon. Esther había salvado su vida. Fue entonces que entendió que desde entonces estaba en el mundo para cumplir una misión trascendental: encontrar a Tania y a su nieto. Viviría toda su vida para esa causa.

Todo lo que tienen Esther y Patricia era un nombre: “Gabriel”. Eso era todo lo que había declarado Oyarvide. 

Patricia sobrevive. No quiere detenerse a pensar. Prefiere buscar todo el día a su hermano Gabriel antes que mirarse en el espejo. Siente vergüenza de sí misma, de su pasada vida de cartón,  que Gustavo hiciera lo que le viniera en gana, Gustavo no es su problema principal. 

Patricia siente que lleva la sangre sucia. Todo lo que tiene que ver con su padre la enferma. La desespera. No se puede perdonar haber permanecido todo el tiempo adentro de una burbuja.  Quienes eran amigas ahora son enemigas. Quisiera matarlas a todas. El recuerdo es el peor veneno para Patricia ahora.  Le cuesta conciliar el sueño.  Despierta en medio de la noche bañada en sudor y miles de papeletas verdes cobran vida y la señalan con el dedo. 


-¿Qué va a votar tu papá? – preguntó Orieta.

-¿Qué es votar? – respondió Patricia.

-¿No te dijo tu papá?

-No.  

Le voy a preguntar a papá” – pensó y subió a la bañadera.

Apenas llegó, Brunilda, la empleada con cama que cuidaba a Patricia desde niña, se dio cuenta de que tenía la carita preocupada. 

-¿Papá? – preguntó no bien saltó de la bañadera.

-En el escritorio.

Patricia atravesó el jardín como una tromba. 

-¿Papi?

-Mi hermosa princesa de ojos azules.

- Papi, ¿qué es votar? 

Oyarvide por un instante quedó seco. Pero de inmediato recobró la compostura.

-¿Y quién te habló de eso, princesita mía?

-Ori. 

Oyarvide respiró aliviado. 

-Votar es una forma de arreglar cosas.

-¿Qué cosas hay que arreglar? 

- A partir de hoy mi princesa va a ser una niña grande. ¿Te gusta la escuela?

-Claro papi, si siempre te digo.

-¿Querés seguir yendo a la escuela? 

-¡Claro papi!

-Una de las cosas que hay que arreglar es que la escuela no cierre.

-¿Cómo papi? ¿La escuela va a cerrar?

-No si arreglamos las cosas que tenemos que arreglar.

- ¿Y qué cosas hay que arreglar?

- Mi princesa, te voy a contar una historia. Cuando tú naciste, en este país había una guerra.

-¿Una guerra con qué otro país?

-No, princesa. Una guerra en este país. Había personas que mataban. 

-¿Y por qué querían matar? 

-Porque eran ladrones. Querían tener plata. 

-Pero eso está muy mal.

-Claro princesa. Por eso la policía los metió presos a todos. Entonces ya no habían más personas que mataban en la calle. Pero ahora hay personas malas que quieren que salgan de la cárcel. ¿Entendés princesa? 

-Claro papi. ¿Y cómo se arregla eso votando? 

-Es muy fácil princesa. Hay que elegir entre dos colores, el verde o el amarillo. El amarillo es para que los que matan no puedan seguir matando. El verde es para que salgan de la cárcel y vuelvan a matar. Decile a todos que hay que votar el color amarillo. 

-Claro papi.

Al otro día Patricia se juntó en el recreo con su mejor amiga, Orieta Medina. 

-¡Mi papá va a votar amarillo! –dijo Patricia.

-¡Mi papá también! – respondió Orieta. - ¡Los papás que votan verde tienen que ir a la cárcel!

-¡Sí, le voy a decir a mi papá que tienen que ir a la cárcel!

Pasó el referéndum. Patricia y Orieta y muchos otros niños del distinguido colegio gritaron saltando durante muchos meses:  ”¡El que votó verde es un ladrón!

Patricia no se puede perdonar haberse quedado con ese burdo y simplón razonamiento conforme fue haciéndose una mujer. Su padre jamás había vuelto a tocar el tema. El país había cerrado el capítulo. Silencio. Silencio y más silencio. 

Patricia ya no duerme. Las pesadillas la visitan con frecuencia. El personaje principal es su padre convertido en un dragón escupiendo fuego por la boca. 

Patricia está en un callejón sin salida. En una situación de “dead lock”.  

martes, 14 de enero de 2014

CXXXI


La travesía ha comenzado. Mi instinto de supervivencia es más fuerte que el remordimiento por haber matado a Bruno. Por otra parte, lo he hecho en defensa de él. Él. De no haberle disparado, hoy Istvan sería el muerto. Privar de la vida a un ser humano- me digo- es un delito, sin embargo, si no hay antijuridicidad, no hay culpabilidad. Si existe una justificación, no existe responsabilidad jurídica.  Ahora he de ser yo la que estrena la vida en la clandestinidad.  Me siento un animal reaccionando frente a estímulos que significan peligro y que producen una respuesta que hace que me aleje, que me proteja.  

Estoy en permanente situación de alerta, presa de una ansiedad como consecuencia de una acción primitiva y refleja que me prepara para luchar y para huir del peligro. He de estar preparada para una acción inmediata, mi cuerpo debe superar con éxito esta situación. Mi ansiedad protege a mi organismo y a sus intereses, heredada de lo que, como especie, hemos ido desarrollando en el transcurso de miles de años de evolución. Los peligros a los que estaban expuestos nuestros antepasados estaban ligados a la supervivencia y a funciones primarias de lucha y huída: luchar contra los animales, competir contra otros hombres, correr, pelear y esconderse. Estoy huyendo; escapando de una certera sentencia de muerte.

Sigo camuflada andando por el bosque. El período de tiempo entre la puesta y la salida del sol parece estar llegando a su fin. He andado sin parar, avanzando como alienada abriéndome paso entre las zarzas, con las manos raspadas, ensangrentadas, caminando en medio del fango, con mis ropas también ensangrentadas, húmedas y rotas. Me voy desplazando en medio de las tinieblas, rodeada de tenebrosas sombras amenazantes. 

Un frío helado me atraviesa las venas; algo se mueve en la lejanía. Y se va agrandando, y lo va dominando todo, y su imponencia no me deja lugar para esbozar vocablo alguno. En medio del sepulcral silencio una voz de ultratumba resuena reforzada por su escalofriante eco:

¡Huye de la fornicación. Córrele, huye despavorida, como si acabaras de pararte sobre un cocodrilo. Así lo hizo José, en Egipto, cuando su jefa lo acosaba!

¡Huye de la pasiones juveniles, son tendencias explosivas e irracionales hacia lo prohibido y que no sólo atacan a los muchachas, sino también a los adultos que viven la crisis de no aceptar la edad madura y son presa de fantasías!

¡Huye de la idolatría, que no sólo es adorar imágenes u otros dioses, sino también amar a una persona, al dinero, o a cualquier cosa, más que a Dios!

¡Huye de las peleas. El que se deja llevar de la ira es esclavo de sus dichos y obras y por ello habrá de lamentarse, pero el que es sabio sabe pasar por alto una ofensa e ignorar al tonto que lo desafía a reñir. Para pelear se necesitan mínimo dos, así es que si uno solo se niega a hacerlo, la pelea se acaba por sustracción de materia!

¡Huye de los peligros. Sólo los necios ven el peligro y no se les ocurre tomar todas las precauciones necesarias, es por ello que van de fracaso en fracaso y siempre le echan la culpa a Dios, al destino, al gobierno y a todo el mundo, menos a ellos mismos!

¡Huye de los chismes. Cuando un suelto de lengua comience a sacarle los cueros al sol a alguien, disimuladamente cambia el tema o invéntate una ida al baño!

¡Huye de las deudas. No adquieras compromisos económicos que luego te robarán la paz y te ahogarán. No te dejes tentar por las compras a crédito, aléjate de ellas!

¡Es la voz de Bruno! He de estarme volviendo loca. He visto a Istvan estrangularlo, he oído sus alaridos desesperados, haciendo consciencia de que la muerte lo alcanzaría, le he visto los ojos blancos, abiertos, inmóviles. He de estarme volviendo loca. Palpo la noche revelada, y de pronto ella se hace blanca. Grito con todas mis fuerzas. Y no me oigo. Grito más. No escucho mi voz. Grito con todas mis fuerzas, y la voz no me sale. Grito, grito…

Y despierto bañada en sudor. 

Resistir. De eso se trata todo. Resistencia. Una palabra que me resulta familiar. Una palabra que tiene que ver conmigo, y con mi historia.

Los partisanos. Esos guerrilleros que combatían al ejército invasor apoyado por un gobierno ilegítimo, que lucharon en la Segunda Guerra Mundial contra los ejércitos de ocupación. Ellos, que se escondían en las montañas y en los bosques...

La oposición activa contra los nazis y sus colaboradores por parte de los judíos, tanto en forma individual como colectiva, se consideraba frecuentemente como una acción de resistencia. 

La oposición judía adquirió formas diversas y actuó en distintos ámbitos. La oposición armada organizada fue considerada como la cumbre de la resistencia frente a los nazis. 

Los judíos lucharon contra los nazis por razones diversas, entre ellas la voluntad de vengar el asesinato de otros judíos, o por el deseo de que las generaciones venideras supieran que los judíos lucharon contra los nazis con las armas en la mano por el honor del pueblo de Israel. 

En varios campos de concentración, como Sobibor, Treblinka y Birkenau, se rebelaron los judíos. Todas las rebeliones fueron cruelmente reprimidas. En Birkenau fueron asesinados todos los rebeldes. Pero en Sobibor y en Treblinka, un pequeño número logró fugarse en medio de los enfrentamientos. Las rebeliones por iniciativa de los judíos fueron los únicos actos de resistencia armada contra los nazis en los campos de concentración y exterminio. 

En la mayoría de los países de Europa Occidental y Oriental la respuesta judía a los nazis se concentró en el auxilio, y la resistencia armada judía era más que nada un fenómeno secundario. Mas en Francia, además de tomar parte en acciones de auxilio, los judíos participaron notoriamente en la resistencia armada contra los nazis. En el verano y el otoño de 1942 se consolidó la organización clandestina judía, las fuerzas unidas de los judíos formaron el “ejército judío” que participó en numerosas operaciones. Sus acciones incluían la venganza contra los traidores, ataques contra aviones, trenes y vehículos alemanes, y sabotaje en las fábricas que contribuían al esfuerzo de guerra. 

En Argelia, los jóvenes judíos organizaron grupos de defensa bajo la pantalla de centros deportivos. Ellos, junto con otros judíos, tuvieron un papel clave en la ayuda a las fuerzas aliadas que en noviembre de 1942 aterrizaron en el norte de África, fundamentalmente mediante la toma de posiciones importantes en las ciudades. 

En la base de la resistencia judía a los nazis en los guetos de Europa Oriental primaba la lucha por la supervivencia física. La respuesta judía a las medidas de los nazis en lo referente a lo económico y lo social, que dificultaron enormemente la existencia de los judíos, fue tratar de eludir dichas medidas. El contrabando de alimentos, de ropa, de medicamentos y otros artículos necesarios le permitió a los judíos sobrevivir, por un poco más de tiempo. Los judíos en los guetos, en las unidades de trabajo forzado, y a veces hasta en los campos de concentración nazis, comerciaron con los no judíos toda vez que pudieron hacerlo. De este modo surgió no pocas veces una contra-economía clandestina, activa y efervescente.

Y tuvo, por sobre todas las cosas,  una enorme importancia la resistencia espiritual.

Yo, de algún modo, también estoy resistiendo. Y me viene a la memoria un cuento que leía en mi adolescencia…

“Las campanas del Vístula

(19 de abril de 1943. Levantamiento del guetto de Varsovia)

Mi mamá me había llamado a la mesa. La muñeca de trapo con pelo azul se había quedado esa noche conmigo. Helena me la prestó hasta el día siguiente. La baba Sara había preparado gefilte fish, rábanos picantes y sopa de pollo. Mi hermanito dormía en su cuna, no era un buen momento para que hubiera nacido un niño judío, hacía tiempo que mi papá no se reía. Varsovia se había rendido, veintisiete días después de la invasión alemana.

Cuando le llevé su muñeca, Helena me la arrancó de un tirón, y sólo me quedé con un mechón de pelo azul. -¡Vos trajiste a los alemanes a Polonia! ¡Tenés la culpa de Todo!- Helena a ya no quería jugar más conmigo, volví a casa llorando.

- ¡Queda terminantemente prohibida la entrada de los judíos a parques y museos, no pueden usar más el transporte público, tienen que sacar a los niños de las escuelas públicas, quedan cerradas todas las sinagogas y los judíos no pueden ejercer más profesiones ni oficios, queda prohibido su ingreso en los cines, teatros y hospitales, y sólo pueden viajar en el vagón que tenga el letrero “para judíos”! – pregonó enaltecido el novel Kommisar de Varsovia. -¡Los alemanes somos víctimas de la escoria judía!- se excusaron las bestias ante la nacionalista plebe polaca.

Desde la caída de los Templos, al principio de mi memoria, fuimos abusados. No bastaron dos mil años de dispersión para olvidar las expulsiones y carnicerías; éramos brujos y contagiábamos la Peste Negra. Cuando llegamos al reino de Polonia fuimos bien recibidos porque éramos necesarios. Le dimos nuestras artes y oficios, pero la satisfacción nos duró un suspiro. Polonia tuvo el honor de crear el primer gueto del mundo, demarcó nuestra frontera y nos hizo construir una raza aparte.

- La suciedad de los judíos tiene a la nación polaca en vilo. ¡Sus casas están plagadas de piojos, y los piojos trasmiten el tifus!. Con el fin de dominar el problema que los judíos trajeron a Varsovia, quedará aislado un sector de nuestra ciudad bajo cuarentena. Todos los judíos tienen que mudarse en el plazo de dos semanas – hizo eco la voz del Kommisar en los altavoces de la Plaza Parysowski.

Mi mamá tenía los bolsos listos. Dejábamos muchas cosas, los alemanes nos habían dicho que no nos preocupásemos, que ellos nos las alcanzarían después. De todos modos, ya no tendríamos lugar para ellas. Nos mudábamos a una nueva vivienda. La baba Sara cerró la cortina de la ventana, y vio nuestra calle por última vez.

En la antigüedad, ya habíamos trabajado como esclavos y construimos muros para la gloria de los faraones. Mi papá, junto a los demás hombres, trabajaba en la construcción del muro. Las filas de ladrillo que circunvalaban el gueto se iban elevando en el aire. Arriba clavaron pedazos de vidrio para deshacernos las manos en caso que se cruzase por nuestra mente la imprudente idea de escalarlo. Encima, tres cuerdas de alambres de púa. El muro tenía trece puertas.

Helena y su madre caminaban presurosas, cuando escucharon el susurro de una voz con el último aliento. -Ayudenme, por favor –-¡No lo toques! ¿No ves que saltó del muro? ¿No ves que es un judío? 

En el gueto había un solo árbol. Mi mamá trabajaba en el hospital, y todo lo que podían hacer era poco. El porcentaje de defunciones por el tifus era alarmante. La neumonía, tuberculosis y desnutrición eran problemas críticos. Mi hermanito tenía las defensas bajas, y había perecido.

Un día, había acompañado a mi mamá a llevar medicinas, cuando llegaron los alemanes. Trepamos a la buhardilla. Vimos como sacaron a los cincuenta ocupantes de la finca – hombres, mujeres y niños – y los cargaron en camiones del Ejército. Pegaron un cartel en el edificio declarándolo “Contaminado por el Tifus”.

Más tarde nos enteramos que llevaron a los evacuados al cementerio judío. Los obligaron a cavar una zanja enorme, desnudarse y alinearse en el borde. Los fusilaron, y cayeron dentro.

Las ejecuciones en masa eran cada vez más frecuentes. Los grupos eran acusados de actividades criminales o intelectuales, y rotulados como seres Infrahumanos.

- Polacos: A los inhumanos se les dará el tratamiento que merecen, y liberaremos a vuestro pueblo polaco de la peste judía. Estamos eliminando judíos en nombre del bien, para defenderos a vosotros.- Los alemanes ya estaban pensando en la Solución Final.

La liquidación del gueto era un asunto prioritario en la agenda de Herr Kommisar- Todos los judíos que viven en Varsovia, sin distinción de edad ni sexo van a ser deportados al Este. 

-¡No se presenten! ¡Escondan a sus hijos! ¡Resistan!- Mi papá se había unido a la fuerza armada de la resistencia. Los judíos todavía sabíamos luchar. ¿Seríamos oídos?

Nos enterramos abajo del gueto. Estábamos apretados en una cueva subterránea. Sólo podíamos subir para respirar unos minutos al día. Estar en la calle pasó a ser un recuerdo. ¿Cuánto podríamos resistir? Masada…

Esperábamos con fervor al enemigo. Todo lo que nos quedaba era el honor de librar esa batalla.

La noche de Pesaj, mi mamá prendió una vela y me dio un trozo de pan duro.”

Yo, de algún modo, también estoy resistiendo. Pero no existe punto de comparación alguno con el heroísmo de los partisanos. Yo, en el peor de los casos simplemente estoy huyendo. No estoy defendiendo a otros, no estoy arriesgando mi vida por otros… 

Y es entonces, que en mi cabeza suenan, apabullantes, las estrofas del  himno de los partisanos judíos:

Nunca digas que esta senda es la final,
Acero y plomo cubre un cielo celestial
nuestra hora tan soñada llegará
Redoblará nuestro cantar, ¡henos acá!

Desde las nieves a las palmas de Tzión
henos aquí con el dolor de esta canción
y en el lugar donde salpicó nuestro sangrar
nuestra fe y nuestro valor han de brotar.

Un sol de aurora nuestro hoy iluminará
nuestro enemigo en el ayer se esfumará
y si el alba retrasara su aspiración
que cual emblema sea siempre esta canción.

Con sangre y fuego se escribió este cantar
no es canto de ave que libre pueda volar
entre los muros que sin miedo derribó
lo canta un pueblo que con valor su brazo armó.

Nunca digas que esta senda es la final,
Acero y plomo cubre un cielo celestial
nuestra hora tan soñada llegará
Redoblará nuestro cantar, ¡henos acá!

¡Basta, Dafna!”- dice la voz de mi consciencia – “¿Acaso no estás en riesgo por haber salvado la vida de Istvan? ¿Por qué creés que estás en la clandestinidad? ¿Por un simple capricho del destino?” Lleva razón. 

Yo, de algún modo, también estoy resistiendo. Pero no existe punto de comparación alguno con el heroísmo de los partisanos. Yo, en el peor de los casos simplemente estoy huyendo. No estoy defendiendo a otros, no estoy arriesgando mi vida por otros…

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CXXX


No son días fáciles para Patricia. Ya no sabe quién es. Ya no sabe qué quiere. Ya no sabe si quiere saber más. 

Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos” se fue conformando a raíz de las denuncias e investigaciones realizadas por familiares de personas detenidas desaparecidas en Uruguay y Argentina durante la nefasta dictadura militar. Los familiares intentaron llegar a la verdad respecto a la situación de sus hijos, hermanos, esposos, padres. No obstante, una vez recuperada la democracia, las violaciones a los derechos humanos quedaron sin ser investigadas.  

De joven Patricia había sido modelo publicitaria hasta que se puso de novia con Gustavo. Él le prohibió seguir trabajando. Decía que su trabajo era de puta. Patricia no sabía muy bien qué fue lo que la  llevó a casarse con él. Ahora cae en la cuenta de que el entusiasmo era más de su padre que suyo. 

Cuando volvieron de la luna de miel en Playa del Carmen, Gustavo le había vendado los ojos diciéndole que le tenía preparada una sorpresa. Patricia por un lado se sentía entusiasmada, pero también tenía un miedo que no entendía. La venda que él le había puesto le apretaba muchísimo. La hizo caminar hasta una puerta de madera. Y entonces le dio la llave de una casa. Una casa en la rambla. Entonces ella se sintió en las nubes. Abrió la puerta y estaba todo listo para vivir allí, unos muebles imponentes: un sillón negro y una mesa con unas sillas muy raras. Gustavo le había dicho que las había encargado especialmente a Alemania. 

El padre de Patricia siempre insistía que Gustavo era un muy buen partido. Hubiera sido inútil para ella rebelarse. Él la había destinado a Gustavo y nunca hubiera podido hacer otra cosa. Fue su primer novio. Sus respectivos padres los presentaron.  Se habían casado en la parroquia Stella Maris y la fiesta había sido en el Club Naval.

La vista al mar que tenía aquella casa enamoró a Patricia por completo. Pensó entonces que las cosas entre Gustavo y ella mejorarían estando casados pero la misma semana de la mudanza él había vuelto al trabajo. Viajaba seguido, era director del grupo Rambex. 

Cuando Patricia se quedó sola en aquella casa tan grande, sintió un miedo inexplicable. Ella había nacido en una familia conservadora y el padre había integrado el gobierno de facto, pero le juró que jamás había participado de ninguna violación a los derechos humanos. 

A Patricia nunca le había interesado la política. Sin embargo muchas cosas no le cerraban. 

Fue entonces que una tarde la llamó una amiga por teléfono. Su amiga Estela. Ella la notó muy nerviosa y Estela le hizo jurar que no le dijera nada a su marido de aquello tan importante que tenía que revelarle. Ella se lo juró y entonces se lo dijo. 

La casa donde vivían había sido un centro de torturas. Ella no podía creerlo. Aquella casa preciosa con vista al mar había sido un centro de tortura del gobierno de facto. Fue entonces que el mundo se le vino encima. 

Ella quería seguir creyendo que su padre me había dicho la verdad. 

Fue Esther Trías quien se la dijo:

Yo tenía una hija. Se llamaba Tania. Tu padre, Oyarvide, la violó y luego la torturó hasta aburrirse. Mi hija murió. Y naciste vos. El maldito no tenía hijos. Planificó minuciosamente cada detalle.  La violación no fue consumada al azar. El muy tirano hizo un proceso de selección. Como los nazis. Quería descendencia con rasgos arios, y mi hija era rubia y de ojos celestes.  Pero eso no es todo. Mi hija se entregó para salvar a Istvan, su novio. Cayó presa estando embarazada. Esos seres no son hombres. Son bestias. Ellos iban tras Istvan y la torturaron en su estado. La sometieron a la picana y al submarino. Pero Tania no les dijo nada. Tuvo un varón, ¿sabés? Pero se lo arrebataron apenas nació. Ella le había puesto Gabriel. Tenés un hermano, Patricia. Y vamos a encontrarlo.

 No son días fáciles para Patricia. Ya no sabe quién es. Ya no sabe qué quiere. Ya no sabe si quiere saber más. 

A Patricia se le cruzan por la mente varias preguntas.  

¿Cómo desde el lugar de hija de desaparecido puede testimoniar o intentar reseñar sus vivencias, vivencias de un período en el que ella apenas había nacido? ¿Cuál es la importancia que puede tener hoy el intentar transmitir lo vivido en un contexto derivado del terrorismo de estado? ¿Cómo podrían decodificar sus vivencias en lo cotidiano aquellos que estuvieron ahí, intrauterinamente, o siendo bebes, niños o adolescentes? ¿Qué importancia tenía en lo personal y en lo social conocer y dar a conocer aquello? ¿Cómo se hacía? ¿Cómo haría para extender las vivencias particulares más allá de la categoría de los recuerdos, traumas o estériles subjetividades?

¿Cómo haría para que lo pasado y sus derivaciones permeasen activa, consciente y positivamente su presente? ¿No era acaso esa su obligación, a partir del momento que había entendido como importante ver lo que le sucedió?

¿Alcanza en lo personal con dar testimonio, rearmar la cronología de los hechos, la investigación histórica, los procesos terapéuticos? ¿Alcanza en lo social, que otro cuente, que la educación lo incluya en sus programas, que se erijan memoriales o políticas reparatorias, instituciones de derechos humanos, incluso procesos de justicia?

De nada servirá que reconstruyan, rememoren, reivindiquen el pasado si no actualizan el sentido, resignificándolo. La memoria nunca se puede reducir a la repetición del mero dato, la memoria debe ser quien una los distintos elementos constitutivos de la identidad y a la vez asuma el rol de fuerza transformadora que transversalice y oficie de puente entre las generaciones.

No son días fáciles para Patricia. Ya no sabe quién es. Ya no sabe qué quiere. Ya no sabe si quiere saber más. 

lunes, 16 de diciembre de 2013

CXXIX


Ahogado como un animal cuyo cuello revela señales de opresión hasta que se le impidió la respiración, yace el cadáver de Bruno sobre el piso del rancho de la playa. A pocos metros, con la sangre coagulada que había emanado por el agujero proporcionado por la bala disparada por mí, se halla tendido el cuerpo sin vida de Eichmann. 

Disparada por mí” – no deja de repetir la voz de mi consciencia. 

Nunca habría podido ser capaz de imaginarme con un arma en la mano. Mucho menos aún, utilizándola. Y lo peor, matando. 

Claro que yo lo había hecho en defensa de él. Era la vida de Istvan o la vida de la lacra apestosa de Eichmann. No lo había dudado. Ni una décima de segundo. No sé cómo, sin experiencia previa en disparos, le había dado a matar. Y lo había matado. 

En defensa de otro, pero lo cierto es que acabé con la vida de un hombre, que quizá algún día podría haber rectificado su conducta, al menos mientras vivía, tenía esa oportunidad. Pero yo se la había quitado. 

Mi cabeza es un torbellino de contradictorias emociones. 

No resulta menos cierto que de no haberle disparado a Eichmann; Istvan estaría ahora muerto. 

Istvan ahora estaría muerto” – repite la voz de mi consciencia. 

¿Por qué el sólo hecho de pensarlo muerto me angustia tanto? 

Al final de cuentas, él siempre ha sido ambiguo conmigo. Cuántas veces ha podido; se ha aprovechado de mi autoestima débil. ¿Cuántas son las veces que hizo algo desinteresado por mí? 

Aún  tengo muchas dudas de su interés repentino por salvarme. ¿Lo hace por mí? ¿O para destruir a su enemigo oficiando yo de carnada para así mantener el poder?

De pronto siento náuseas. ¿Y si yo sólo soy un blanco manipulable para unos y otros en la lucha por el poder? ¿He matado en defensa de ese macabro proceder? 

¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo? 

Mas mi vida continúa en riesgo, y debo ser parte de la máquina infernal si no quiero morir joven. 

Me queda claro que con Bruno y Eichmann muertos, estoy más en peligro que nunca. No él. No Istvan. Quien está en peligro soy yo. 

Me metí en la boca del eje mafioso, provoqué la ira de Cipriano Cepeda. He matado. Su hijo está muerto. Y a partir de ese momento, he desatado la “vendetta”.  

Yo he sido el disparador.

Pero; ¿quiénes son los verdaderos rivales? ¿Yo para Cipriano puedo ser considerada una rival? “No” – me respondo – “Tú no tenés poder”. 

Sigo siendo un instrumento. Una cosa. Un engranaje. Una pieza. 

De pronto lo que estaba borroso se va volviendo cada vez más nítido, lo desdibujado se dibuja, revelándoseme lo que pretendí tachar. 

Esta contienda mafiosa nada tiene que ver conmigo. Y ambos bandos han usado y abusado de mí.

Esta contienda mafiosa tiene que ver con los dueños del poder. Con los Cepeda. Y con Istvan. Y yo, ahora me transformé un ser despreciable.

Tan despreciable que de un plumazo he borrado mis ideales. Mis valores. 

Me odio. 

Quizá lo mejor sería que los Cepeda dieran conmigo y dejarme matar. 

Porque vivir después de haber matado, no es vida.

No soy consciente del paso del tiempo. Noche. Alba. Mañana. Tarde. Crepúsculo. Noche. El canto de un grillo me trae a mi desesperante realidad. 

Ahí siguen los cadáveres. ¿Y él? ¿Dónde está él? ¿Dónde está Istvan? 

Atino a ponerme de pie. El único ruido es el del mar. 

Salgo del rancho. Respiro el aire puro de esa terrible noche estrellada. Pronto, los cadáveres entrarán en descomposición. 

¿Dónde está Istvan? No he sentido ruido de motores. 

No ha de estar lejos. 

Camino en la oscuridad del paisaje nocturnal. 

Doy vueltas al rancho. Ni rastros. 

Bajo a la playa. Ni rastros.

Me da miedo gritar su nombre. ¿Y si los Cepeda están cerca? Gritar no ha de ser lo más conveniente. 

Luego de rastrear la zona, luego de buscarlo desesperadamente, caigo en la cuenta de lo inminente. 

Se evaporó en la mitad de la noche.  Como se había evaporado cuando arrestaron a Tania.

Estoy sola. A merced de los tiranos. 

¿Cómo he podido ser tan tonta? ¡Claro que Istvan se ha fugado! Con Bruno y Eichmann sin vida, logró lo que quería. Y a mí que me parta un rayo. 

Quedarme en la cabaña es una sentencia de muerte anunciada. Quedarme a solas con los cadáveres me resulta aterrador. Si bien creo que después de haber matado merezco morir, este no parece ser el momento más oportuno.

O al menos, no lo son las circunstancias. 

Es entonces que así, con lo puesto, comienza mi travesía. Iré hacia el norte. Donde pueda camuflarme en los bosques. 

El tiempo me juega en contra. Debo de estar bien lejos de la costa antes de que amanezca.
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